Crecimiento Personal

María y el libro “No te creas todo lo que piensas.”

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El Ebook de crecimiento personal “No te creas todo lo que piensas” llegó a manos de María casi por casualidad. En un momento complicado. El libro le ayudo a enfrentar sus miedos, a ganar confianza y a afrontar uno de los cambios más importantes de su vida.

María dejó el Palmar de Murcia, con apenas 19 años. Se fue a Tarrasa (Barcelona), a  casa de una prima de su madre, que se ofreció, en un principio, para acogerla. María encontró trabajo limpiando oficinas, pero en casa de su tía, notaba que estorbaba.

Un sábado que salió de fiesta con las compañeras de trabajo conoció a Albert. Un joven, algo mayor que ella, que trabajaba de albañil y vivía en Sampedor, un pueblo pequeño cercano a Manresa.

Albert la trataba como una reina. La llevaba de pubs y discotecas por los pueblos de Barcelona. Le invitaba a todo. Cada fin de semana recorría 30 kilómetros en su coche para ir a buscarla. Ella se sentía una mujer especial. Cuando estaba con él, no era la chica murciana que limpiaba los baños. Era una señora.

Por eso, cuando Albert, le propuso que se fuera a vivir con él a Sampedor, no lo dudó ni un segundo. Solo llevaban cuatro meses de relación. María cogía el autobús que le llevaba a Manresa, la ciudad más grande de la comarca, y enseguida encontró trabajo en una empresa de limpieza. Ganaba bien, pero hacía muchas horas.

La vida con Albert no resultó tan maravillosa como parecía. Albert dejaba de trabajar a las 6 de la tarde, pero llegaba a casa a eso de las 10 o las 11 de la noche. Siempre bebido. Los domingos iban a comer a casa de sus suegros, que vivían en la misma calle. La madre de Albert, que era una señora metomentodo, le comía la cabeza a su hijo, diciéndole que su novia no le tenía la casa en condiciones. Que tendría que haberse buscado una mujer más hacendosa. Por otro lado, le insistía, que aunque ella era una mujer moderna, la pareja vivía en pecado y eso no estaba bien visto en el pueblo. Debían casarse lo antes posible.

Ebook autoayuda

Así fue. La madre de Albert organizó la boda a su conveniencia, y seis meses después la pareja estaba casada. Después de la boda, Albert llegaba por las noches a casa borracho y montaba la bronca. Que si la casa estaba sucia, que si estaba desordenada, que si no estaba hecha la cena. María se tiraba todo el día trabajando, y no iba a prescindir de su trabajo. Tenía claro que quería ser una mujer económicamente independiente, aunque emocionalmente sentía que no lo era. Aquellas discusiones le afectaban bastante.

Albert tenía un mal beber, y bebía todas las tardes. De lunes a domingo. O le daba por montar la bronca o se ponía demasiado cariñoso. Con esa pestuza a whisky barato. María pensó en quedarse embarazada. Tal vez tener un niño le cambiaría el carácter a su marido. Pero no fue así. Ahora, además de la casa, estaba la excusa de que el niño estaba mal atendido, pero él no hacía nada, solo quejarse.

Sabía que detrás de aquella actitud estaba la suegra, que le calentaba la cabeza al hijo. Cada fin de semana había que llevar al niño a ver a la abuela y ella no hacía más que renegar de lo mal cuidado que estaba el pequeño. Que si las camisetas estaban lavadas con detergentes malos, que si el niño iba desaliñado, que si no sabía coger bien los cubiertos.

Cuando el niño creció, a María se le ocurrió montarse una droguería en el pueblo. Un proyecto propio. La idea era vender los productos con los que trabajaba en la empresa de limpieza, pero para uso doméstico. Desde que se le ocurrió la idea, nunca contó con el apoyo de su marido. Aún así, ella tiró para delante. El banco le concedió la financiación que necesitaba.

Ahora Albert le echaba en cara que por culpa de la tienda, la casa y el niño estaban abandonados. Era complicado que una tienda de esas características fuera rentable en aquel pueblo tan pequeño. La gente tendía a coger el coche y hacer la compra en los supermercados de Manresa. Antes de que las deudas con Hacienda fueran a más, María decidió bajar la persiana definitivamente.

Aquel acontecimiento le dio argumentos a Albert para redoblar la ofensiva. Según él, María era tan inútil que era incapaz de llevar una tienda de detergentes. Le dijo que no le iba a dar ni un duro para pagar sus deudas. Que ya podía ella buscarse la vida.

María no tuvo ningún problema para que le volvieran a contratar en su antigua empresa. Más aún, encontró un segundo trabajo y dos casas a las que iba a limpiar un día a la semana. Cada día trabajaba una media de 15 horas.

Un día se rompió un tobillo. Se le vino el mundo encima. Sus planes para quitarse las deudas lo antes posible se pararon en seco. Cada semana tenía que bajar dos veces al fisioterapeuta de la mutua para hacer rehabilitación. Allí conoció a Sonia, una administrativa que se había hecho un esguince. Enseguida se hicieron amigas.

Sonia era aficionada a los libros de crecimiento personal. Había leído muchos. Aprovechó la baja para hacer un proyecto que siempre había tenido en mente. Abrir un canal de videos motivacionales en una Red Social. Sonia y María coincidían en la consulta de la mutua, y después se iban a tomar café.

María le contaba a Sonia la relación tan complicada que tenía con su marido, y Sonia le enseñaba sus videos. María esperaba encontrar una respuesta, pero Sonia le decía que solo podía darle consejos. Era ella la que tenía que hacerse con las riendas de su vida.

Una mañana, en la terraza de la cafetería, sin saber muy bien por qué, terminaron hablando de un libro electrónico. “No te creas todo lo que piensas.” Sonia, que era muy dada a estas lecturas le comentó que era de lo mejor que había leído nunca. Era un libro ameno, fácil de leer y sobre todo te ayudaba a observar tu vida con otra mirada.

Sí. A no ser tan críticos con nosotros mismos. Porque a veces, el juez más despiadado de nuestras acciones somos nosotros. Nuestro cerebro funciona como un altavoz de lo que oímos en el exterior y lo amplifica. Estamos pendientes de encajar bien en el trabajo, en la familia, con los amigos. Cuando somos nosotros los que tenemos que poner las reglas de ese encaje. Aprender a decir que no, y no aceptar aquellas condiciones que nos hacen daño, en lugar de adaptarnos a ellas.

Y ahí estaban las dos. Trajinando con el móvil, intentando descargar un PDF de una plataforma digital, previo pago de 12 € y medio con tarjeta.

  • Ya verás. – Dijo Sonia – Es el mejor dinero invertido de toda tu vida.
  • No sé, no sé. – Opinó María. – Mientras no tenga que pagar más.

   Aquel texto era una tentación. Como lo llevaba en el móvil, cada vez que cogía el autobús lo iba leyendo. Si tenía un hueco en casa le echaba una ojeada. Cada vez que leía pensaba en cosas que había hecho y como se las podía haber planteado de otra manera.

Se le acabó la baja y se reintegró al trabajo. Con un poco más de tranquilidad. Ya le dijo el médico de la mutua que no forzara tanto la pierna. Le gustó tanto el E-book que se lo volvió a leer. Se convirtió en una especie de talismán. Sobre todo porque le hacía pensar.

Un día llegó a la conclusión de que de nada servía todo lo que estaba aprendiendo si no tomaba acción. Ya lo decía el libro. Aprovechó los descansos que tenía en el trabajo para buscar piso compartido. Encontró uno muy bien situado. Entre la calle Ángel Guimerá y la Carretera de Vic. Allí vivía Maruja, una funcionaria de justicia de 60 años que iba encadenando bajas por depresión.

María le dijo a Maruja que tenía un niño y Maruja, encantada. Le preparó una habitación a la criatura. Eso sí, tendría que subirle un poquito el alquiler, y los gastos del piso iban a medias. A María le parecía justo. El único problema que veía era cambiar al niño de colegio, pero como uno de los lugares en los que limpiaba era en una escuela y conocía a los maestros, enseguida le arreglaron el traslado. En otra época de su vida, se hubiera frenado. Ahora estaba lanzada, y nadie la podía parar.

 Un sábado por la mañana Sonia, María y Maruja hicieron la mudanza en una furgoneta de alquiler, mientras Albert estaba en el bar. Era una situación emocionante. Había que trabajar rápido para que no las pillaran. A ver qué cara ponía el hombre cuando llegara  a casa a la hora de comer y no viera a nadie.

 Como es lógico, Albert no se quedó de brazos cruzados. Se puso a llamar como un loco al teléfono de María. Decía que le iba a denunciar a la policía por el secuestro de su hijo. María le dejó claro, desde un principio, que jamás impediría que viera al niño, pero que se quedaba con ella. Cuando Albert empezó a insultarla, le bloqueó. Si quería hablar con ella, debía mandarle un mensaje por WhatsApp.

Durante unas semanas, Albert iba todos los sábados por la mañana a Manresa. María le llevaba al niño a la plaza de Sant Domenech, junto al quiosco de prensa que hay en la esquina del auditorio. Allí lo recogía el padre y lo volvía a entregar a las 9 de la noche. Era un lugar muy concurrido, siempre había gente. En esas condiciones, Albert era incapaz de montar un espectáculo.

No te creas lo que piensas.

Siempre era lo mismo. Albert insistía en que quería hablar un rato. En que les echaba mucho de menos. En que estaba dispuesto a cambiar. María cogía a su hijo de la mano, callejeaba un poco y se dirigía a su casa. Ya lo decía el libro. Había que mantenerse firme en las decisiones.

Sus amigas le respaldaban. Si no quería a su exmarido era tontería que volviera con él. Sería volver a sentirse como una desdichada. Le había costado años dar aquel paso, y no podía permitirse el lujo de retroceder.

Una noche entre semana, Albert se plantó en la puerta del piso en el que vivía María. Estaba borracho. Golpeaba la puerta con fuerza y se pegaba con insistencia al timbre. María se preguntaba cómo había descubierto donde vivía. ¿Les habría espiado? ¿Se lo habría dicho el niño? El caso es que Albert gritaba desde la escalera:

  • ¡Abre María, sé que estás ahí! No te escondas, mala pécora. Me has robado a mi hijo. Esto no va a quedar así. Te vas a pudrir entre rejas.

  Maruja le indicó a María que se fuera con el niño a la habitación, que ella se encargaba de todo. María se sorprendió de la serenidad y entereza con la que enfrentó la escena. Quien estaba nervioso era su hijo. Sabía que su padre podía llegar a ponerse muy violento. María le tranquilizaba. Sin abrir la puerta, Maruja dijo:

  • Haga el favor de marcharse o llamo a los mossos d´squadra.

Algunos vecinos salieron a la escalera.

  • ¿Qué pasa? ¿Qué escándalo es este?

Albert contestó con algunos gritos, pero enseguida se aplacó. Nunca se caracterizó por ser un hombre demasiado valiente. Hizo el ademán de abandonar el edificio, pero se quedó dentro de él. Pasó la noche en el descansillo.

A la mañana siguiente María se levantó para ir a trabajar. Se encontró a Albert durmiendo en la escalera. Lo miró y prosiguió su camino. Dijo Maruja, que cuando llevó al niño al colegio, ya no estaba.

No te creas lo que piensas.

El e-book de autoayuda definitivo.

Escrito y editado por Mente Dedicada.

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3 comentarios en «María y el libro “No te creas todo lo que piensas.”»

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