Jamás se imaginaría Walter que después de llegar a España y dejarse la piel en aquella empresa, todo terminaría como terminó.
Era una cadena de talleres de reparaciones, de esas que encuentras en todos los centros comerciales: reparación de calzado y duplicado de llaves, arreglos de ropa, relojería… Los stands abrían todos los días de lunes a sábado, de 9 de la mañana a 9 de la noche, mas aquellos domingos y festivos que estaba abierto el hipermercado.
El sistema de funcionamiento de aquella empresa era bastante peculiar. Cada stand estaba atendido por dos operarios, que se turnaban en horarios rotativos. Si uno de los dos trabajadores cogía vacaciones, su compañero le cubría. Si alguien caía enfermo, no había ningún refuerzo.
En aquella empresa no se pagaban horas extra. Cada stand tenía asignado un presupuesto mínimo, que es lo que se supone que cubría los gastos de la tienda (alquiler, suministros, sueldos, material, etc.). A partir de esa cantidad, el 10% de los beneficios se dividía entre los operarios.
Si en lugar de dos trabajadores, en la tienda había solo uno, la empresa se ahorraba un sueldo, y la participación en beneficios la recibía un único trabajador. Este fue un argumento que le funcionó durante algún tiempo a la empresa para conseguir que una parte de la plantilla doblara por sistema. Que trabajara 60 horas semanales. Sin embargo, llegó un momento en que aquello no colaba. Principalmente porque doblar a penas representaba un aumento de 100 € al mes sobre la nómina.
Llegó un momento en que los trabajadores nacionales en plantilla se negaron a hacer doble turno. Lo que llevó a la empresa a contratar trabajadores en Perú.
La empresa hacía las entrevistas en Lima. Preparaba todo el papeleo de los recién contratados y los traía para España. Así fue como Walter, que venía de trabajar en una fábrica, llegó para acá. Ya estaba advertido que trabajaría 10 horas al día, 6 días a la semana. Pero no le importó. El trabajo le vendría bien para formar una familia.
Después de pasar un cursillo de un mes y medio, en el centro de formación de la empresa, Walter entró a trabajar en un centro comercial de Barcelona, donde la empresa tenía dos tiendas. Una frente a las cajas del hipermercado, en la primera planta, y otra a la salida del parking, en el sótano.
Los dos primeros meses, vivió en una habitación que le cedía la empresa, pero al poco tiempo encontró alojamiento. Los peruanos eran bastante espabilados. Hablando entre ellos se enteraban de donde había habitaciones en alquiler. Walter pasó a vivir en el piso de una familia compatriota suya, que alquilaba tres habitaciones, además de las que ellos ocupaban, en un piso viejo del Example de Barcelona.
Respecto al trabajo, tras cogerle el punto durante el mes que estuvo en la tienda de la primera planta, acompañado por un trabajador con experiencia, enseguida le pasaron a la tienda del parking, Esta vez, sin compañero.
Así pasó dos años Walter, trabajando solo, todos días a la semana, de 9 de la mañana a 9 de la noche. De lunes a sábado, y festivos abiertos incluidos, que no eran pocos. De esta manera conseguía ahorrar algo de dinero para enviárselo a su madre y para intentar traer a su mujer, con la que se casó pocos meses antes de venir a España.
Los peruanos formaban un clan. Salían juntos de fiesta el sábado por la noche después de cerrar. Organizaban asados y fiestas los domingos. Pero Walter no quiso entrar en esa dinámica. Iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. Solo quedaba con su primer compañero, el de la tienda del primer piso, cuando este hacía turno de tarde, para irse a tomar un café a eso de las 6. Momento en el que de extranjis, cerraban las dos tiendas al unísono, como si tuvieran que cubrir una emergencia personal. Dígase, ir al baño.
Todas las tiendas tenían una cámara de video fija, que apuntaba directamente a la caja. Este es un dato importante, que tendrá su relevancia a medida que avance el relato. Es curioso porque los trabajadores de la tienda del primer piso se quejaban de que les robaban productos de venta, pero nunca se supo quien lo hacía, puesto que la cámara no captaba el rincón donde estaba el expositor. Tampoco le importaba lo más mínimo a la empresa.
Como las tiendas las gestionaban los operarios, cuando había que buscar cambio, el trabajador de turno cogía un billete de la caja e intentaba que otra tienda le diera monedas. Este es otro dato relevante.
Pasaron los meses y Walter reunió el dinero suficiente para traer a su mujer a España. Como era un inquilino serio, logró que sus caseros le alquilaran una habitación más grande, que tenía una cama de matrimonio y un balcón que daba a la calle.
Nunca se vio a Walter tan feliz como cuando llegó su mujer. La chica, por mediación de la casera, encontró algunas casas en las que limpiar durante un par de horas al día. El resto de la jornada, la pasaba aburrida en casa, esperando a que su marido llegara. Razón por la cual, no era extraño verla junto al mostrador de la tienda de Walter, esperando a que cerrara. Como si fuera una clienta más.
Walter se dio cuenta que doblar no era vida. Deseaba pasar tiempo junto a su esposa, la cual llevaba sin ver durante dos años. Ni siquiera compensaba en el terreno económico. Una chapuza por las tardes, haciendo un trabajo de fontanería para un vecino, le reportaba más dinero que estar doblando toda la semana.
El contacto con trabajadores nacionales le infundió la fuerza que necesitaba. Si ellos se habían negado a doblar, por qué no podría exigirlo él. Y lo propuso. El supervisor le dijo que le diera un plazo de un mes para que encontrara un compañero.
Y pasó un mes, y dos, y tres. Y a Walter no le dejaban hacer un turno sencillo. El trabajador peruano entró en cólera. Un día le dijo al supervisor que se negaba a doblar. Al día siguiente recibió la carta de despido. Sin derecho a indemnización. Le acusaban de robo.
En oficinas habían editado una fracción de video en el que Walter cogía un puñado de billetes y minutos más tarde ingresaba en el cajón unas monedas. Había ido a buscar cambio, pero la empresa sostenía que había sisado. Walter no se lo podía creer. Se había dejado el lomo en aquella tienda. No se merecía que le trataran así.
Fue un duro golpe para él. Pero lo pudo superar. Ahora sé que las cosas no le van mal. Se cambió de ciudad y es autónomo. Tiene su propio negocio, el cual comparte con su mujer. Ella es buena en atención al público. Tienen dos niños preciosos que he visto en alguna foto que han colgado en Redes Sociales.
Nota: Texto de ficción basado en hechos reales. Para redactarlo hemos omitido algunos datos comprometedores. El objetivo no es denunciar a nadie en concreto, sino evidenciar situaciones que se dan en la actualidad.






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