Expediente Abierto

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Trabajaba en un macro-discoteca de moda, dormía en un balcón.

Trabajadores en Ibiza
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Sabía que aquel sería un verano especial, pero no sabía hasta que punto no lograría olvidarlo.

Era una agradable noche de septiembre. Estaba sentado en la arena, mirando al mar, con la luna llena colgada en el cielo. Estaba con mi amiga, en Cala Mayor. No había nadie más en la playa. Había descendido la cantidad de turistas. Eso se notaba. Los residentes disfrutábamos por fin de la isla. Mi amiga me pasó un cigarrillo oloroso y mirándole a la cara le dije:

–  Huele fuerte.

–  Sí. Sabe mejor. – Aspiré una calada y ella me preguntó. –  ¿Qué te pasa? Solo quedas conmigo a estas horas cuando te pasa algo.

Quedé en silencio unos segundos, buscando una excusa. Pero para qué me iba andar por las ramas. Tenía razón. Me conocía desde que llegué a Mallorca, era una de las personas en las que más confianza tenía. Mi paño de lágrimas. Así que sin rodeos, me dispuse a exponerle el problema.

  • Nos han vuelto a subir el alquiler, Juan y yo ya pagamos 1000 €. 1.000 € por un cochambroso apartamento de 30 metros cuadrados.
  • No sé de qué te quejas – apuntaló ella – tienes casa, los dos tenéis trabajo. Vivís a 50 metros de la playa. Las cosas podrían ser peor. Conocí un camarero en Ibiza que dormía en un balcón. Pagaba la mitad de lo que pagáis vosotros por el piso. No le alquilaron un apartamento, no le alquilaron una habitación. Le alquilaron una terraza con un catre. Trabajaba sirviendo copas en una discoteca de moda.
  • De esas que te gustan a ti. ¿No?
  • Sí, efectivamente, no me interrumpas… Venía de la península, de un pueblo cercano al que tú creciste. Alguien le dijo: “Vete un verano a trabajar a Ibiza y te forras. Trabajas 3 meses y tienes dinero para casi todo el año”. Aquel chico no se lo pensó dos veces. Ibiza es tentadora para cualquiera. Ya sabes: la playa, la fiesta, la noche. Se postuló al puesto de trabajo a través de una página web donde adjuntó su currículum. Tenía experiencia en hostelería, por lo que no le costó mucho que le dieran el trabajo. En una semana tenía que presentarse en la discoteca. La empresa le ofrecía faena, pero él tenía que buscarse el alojamiento.
  • Joder.
  • Nunca había estado en Ibiza. Así que raudo y veloz se puso a buscar habitación en la isla. Visitó 4 o 5 portales inmobiliarios por internet. A penas se ofertaban pisos y habitaciones. Y las que encontraba estaban a un precio desorbitado. Al final reservó una donde en internet habían publicado fotos del piso, pero no de la habitación. Llegó el día en el que tenía que incorporarse al trabajo. Esa mañana cogió el avión. Antes de ir a la discoteca, decidió pasar por su piso para dejar la maleta y recoger las llaves. Cuál sería su sorpresa cuando vio que su habitación era una terraza, con la baranda forrada por una estera de cañas, para que no fuera visible desde la calle… –  Mi amiga detuvo la narración unos segundos y se quedó mirando a la colilla que estaba consumiéndose entre mis dedos. – Anda, pásamelo.

Se lo pasé.

  • Pero, ¿qué hizo? ¿No le habían dicho que le alquilaban una habitación?
  • Al principio se enfadó, según me dijo, pero aceptó lo que había. ¿Qué iba a hacer? No conocía la isla y en unas horas tenía que incorporarse a su puesto de trabajo. Pensó que mientras trabajara buscaría otro alojamiento. Aquella sería una residencia provisional. Al principio le puso empeño en la búsqueda. Consultaba con frecuencia internet, miraba en los tablones de anuncios de los locutorios y supermercados, preguntaba a la gente. Terminó dándose cuenta que otros trabajadores que habían llegado de la península a trabajar en verano, vivían como él o en condiciones peores. Al final se cansó de seguir buscando.
  • ¡Qué fuerte! – Me horroricé.
  • Sí. Así es Ibiza. Tiene espacio para alojar a los turistas, pero no para acoger a los trabajadores que se desplazan para atenderlos. El chico se hizo a la idea. Era aguantar unos meses. Total, solo dormía unas pocas horas por la mañana. Comía fuera. Iba al piso solo para dormir, o para intentar hacerlo. Trabajaba hasta las 5 en la discoteca y después se iba con algún compañero a tomar copas a un After. Si había suerte, aquella mañana dormiría acompañado y fuera del balcón. Ya sabes cómo es la vida de los camareros. El trabajo era duro, las noches divertidas, pero todo se le venía abajo cuando llegaba a casa. Cuando terminó la campaña se dijo así mismo que jamás volvería a trabajar en Ibiza. Lo había decidido desde hacía tiempo. Me lo comentó cuando lo conocí.
  • ¿Y cómo le conociste? – Pregunté por curiosidad.
  • Como os conozco a todos. Por mi simpatía natural.

Mi amiga apagó la colilla hundiéndola en la arena. La enterró unos centímetros bajo la superficie. Con un par de sacudidas con la mano abierta, cerró el orificio que había abierto. Mientras tanto, con la mirada nostálgica me dijo:

  • Ibiza es demasiado salvaje. Incluso para mí. Por eso regresé a Palma.

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