Más allá de ser un evento religioso, la Semana Santa es una expresión cultural que refleja quiénes somos y cómo nos relacionamos.
Dijo Manuel Azaña (Presidente de la II República) que España había creado su propio catolicismo a imagen y semejanza. Una religión que le sirvió para unir en un Estado a un territorio que estaba dividido en reinos independientes y que luego la exportó por medio mundo con el fin de extender la fe. Como si de una misión divina se tratara. Pocos eventos reflejan nuestra idiosincrasia como la Semana Santa.
La Semana Santa española hunde sus raíces en la Edad Media. Las cofradías, las mismas que procesionan acompañando a los pasos, son uno de los primeros tipos de asociación popular que se crearon. Antes de que existieran los sindicatos, antes de que hubiera partidos políticos, antes de que aparecieran los clubs deportivos, ya había cofradías.
Organizadas en torno a un santo o una imagen religiosa, las cofradías eran independientes de la iglesia. Tenían sus propios estatutos, sus propias finanzas, sus propios órganos de gobierno e incluso llegaron a tener relevancia en la vida económica y social de las ciudades. Para ejercer de platero en Córdoba en el siglo XVI había que estar inscrito en la Cofradía de San Eloy. La artesanía de la plata, una de las principales actividades económicas de la ciudad, no se regía por un Gremio, ni por ninguna organización profesional, sino por una cofradía.
Desligada de sus orígenes, la cofradía de plateros de San Eloy ha perdurado hasta nuestros días y hoy se llama la Hermandad del Huerto, la cual sale en procesión el Domingo de Ramos.
En “Rinconete y Cortadillo”, una de las Novelas Ejemplares, Cervantes habla de la “Hermandad de la Santa Caridad” a la que también se refiere como la Cofradía de Monipodio, nombre del hermano mayor. Una cofradía que daba protección a los ladrones raterillos de Sevilla. Pertenecer a la cofradía podía librarlos de pisar el calabozo.
En Sevilla perviven cofradías de origen gremial que se formaron entre mediados del siglo XV y principios del XVI y que continúan saliendo en la Semana Santa actual. Como la Hermandad del Buen Fin, ligada a los curtidores de la piel, la Hermandad de San Ildefonso, creada por los plateros y la Hermandad de la Santa Mortaja, relacionada con los escribanos.
Un año preparando la Semana Santa.
Los verdaderas protagonistas de la Semana Santa son las cofradías y las hermandades, que llevan todo el año preparándose para salir en las procesiones. Para pertenecer a una cofradía debes inscribirte y pagar una cuota. El mayor orgullo para un cofrade es ser Hermano Mayor, un cargo representativo, que es rotativo, nunca cae en la misma persona y que se suele adjudicar por orden de antigüedad.
En los años 80, los nazarenos en La Mancha se hacían ellos mismos, o su familia, la túnica y el capirote que lucían en las procesiones, siguiendo las instrucciones de la hermandad.
Las hermandades montan sus propias bandas de cornetas y tambores. Las cuales ensayan casi todas las semanas del año para salir a tocar solo unos pocos días
En Jerez de la Frontera, los costaleros entrenan de noche por el centro de la ciudad desde febrero. Llevando sobre los hombros una estructura de madera y una carga de metal u hormigón que tiene el mismo peso que el paso que van a llevar.
La Semana Santa se vive en la calle. Ha llegado la primavera y la gente se engalana con sus mejores ropas para ver las procesiones, pero también es una fiesta familiar. Tal vez la fiesta más familiar que existe después de las Navidades. Familias enteras quedan para ver los pasos y para comer. En una comida de Viernes Santo se pueden llegar a reunir más de una veintena de personas. Es época de compartir. De beber y de comer. Tanto dulce (torrijas, flores, pestiños) como salado, el bacalao es el otro gran protagonista de la Semana Santa, el cual se come en un sinfín de preparaciones.
Una fiesta ligada a la producción.
Las fiestas religiosas corren parejas a la sucesión de las estaciones y al ritmo productivo; en especial, el del campo, ya que ha sido la actividad principal durante siglos hasta que llegó la industria. La Semana Santa es una explosión de color que da la bienvenida a la primavera. Una semana entera que festeja que los campos están en flor, y que está próximo el fruto del trabajo duro que hemos realizado en invierno.
Es, al mismo tiempo, un periodo de recogimiento, de reencontrarse con la familia y de limar asperezas. Pues con el verano comenzarán las cosechas. Una actividad que antes se realizaba en grupos familiares. Las cuadrillas de recogedores las formaban las familias al completo, reuniendo varias generaciones. Bien, para ahorrarse dinero y no tener que contratar a nadie; o bien para trabajar de jornaleros y llevar todo el dinero que se pudiera a casa. En las zonas de latifundio (Extremadura, Andalucía, La Mancha) ser jornalero podía implicar meses sin cobrar.
Hasta las plegarias de Semana Santa, se basaban en un requerimiento a la madre tierra. Para que nos diera salud y prosperidad en los meses venideros.
Los tiempos han cambiado. La sociedad española ya no vive en lo fundamental del campo, más bien de los servicios. Pero fiestas como la Semana Santa nos recuerdan de dónde venimos.















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