Paris, Francia
1788, en un momento anterior a la Toma de la Bastilla
—¡Abuelito! —empapado en sudor, aquel hombre vuelve, una vez más a despertarse en sueños
—¡Oh, profecía, acógeme bajo tu brazo! —ha vuelto a lamentarse, hay quien dice, por tercera noche consecutiva
Sudoroso se ha decidido a acercarse al ala lateral de la alcoba próxima: la sala del trono. Malhumorado, maquinalmente, ha lanzado un zarpazo, casi como si buscase hacer presa del mismísimo aire que lo rodea. ¡Ciertos individuos, la Historia los pintó así, no hacen prisioneros!
Pueril, aquella figura ha comenzado a lanzar mandobles contra el brazo de aquel tan exquisitamente decorado trono: el suyo. En sus manos una cimitarra invisible que, amenazadora, todo pareciera cortarlo.
Pálida, la figura se ha llevado los dedos a la boca para, tras un siseante silbido, observar la llegada de aquel destinado a limpiar el sudor de su frente. «¡Protege, oh, Señor a aquellos que reinan demasiado jóvenes!», ha clamado, el corazón hecho añicos.
Gandida, la noche en vela, la magna presencia se ha desmoronado, literalmente, sobre el solio. La realeza, esto ha de ser dicho, con frecuencia no sienta bien a todo el mundo.
¡Clap!, ¡Clap!, ¡Clap! Se escucha, rítmicamente en aquel salón. Aquellos pasos, cortos y decididos, parecieran embadurnarlo todo con su sonsonete. De súbito, aquel estado de ánimo ha cambiado, casi como por ensalmo.
«Bienaventurados aquellos que saben reinar», ha susurrado, al tiempo que se persigna y choca las palmas para, produciendo el cavernoso sonido acostumbrado, llamar a filas a su Comandante en jefe, mano derecha de aquesta nuestra Corona.
—¡Ya lo ha oído, Comandante!
—Pero…Pero…
Pétrea, durante unos segundos, la figura parece haber renunciado a moverse. Casi a vivir… Aquella orden… ¡Por los blasones de su escudo que no piensa darle cumplimiento, así aquella desafortunada toma de posición termine por llevárselo por delante!
—¡Por las barbas de Poseidón, cállese! ¡Obedezca!
—Sire… —Agachándose lentamente, aquel custodio ha colocado su lanza a los pies de su señor
—¡Acata! ¡Es una orden! —Aquellas luminarias. Si alguna vez Infierno estuvo en la Tierra sólo aquellos ojos pudieron contenerlo.
Acobardado, el soldado ha vuelto a tomar posesión de sus pertrechos. Eso sí, con aparente vacilación aún pintada en cada gesto.
—Dosmil millones, lo suficiente para alimentar y dar cobijo a 7. 000. 000 de franceses durante un año —se ha escuchado musitar al Comandante, incrédulo
—¡Eso es exactamente lo que he dicho, idiota!
—¡Pero nos arruinará, sire! ¡Tenga compasión!
—Compasión, ¡Ja! ¿Acaso alguien la tuvo de mi abuelo? ¿La tuvieron, acaso, esos bastardos ingleses, imbécil? ¡Cállese y de la orden! —en los ojos de aquel puede observarse una locura desquiciada, febril —¡Hágalo o le degrado!
Flanácea la figura ha salido ya de la pieza. Poquito a poco, las lágrimas han comenzado a aflorar a sus ojos, ora cansados, ora ojerosos. «¿Arruinar a Francia? ¡Por los blasones de mi escudo! ¡Este hombre se ha vuelto loco!»
Querida Matilde:
XVI… Francia… Estos dos sinos caminan, sin remisión, juntos hacia el abismo. Con ellos el pueblo, con ellos la vida…
Mañana, sobre el tocador encontrarás mi lanza. Dásela a Gerald (Aquí el papel pareciera haberse humedecido un tanto. El invierno francés trae, con frecuencia, el frío). Si Dios quiere quizá algún día aprenda a ser mejor soldado que su padre…
A tú rey solo debes una única cosa. Esa cosa es obediencia. No lo olvides nunca… hijo…
Vive La France !!













Deja una respuesta