La O.M.S. (Organización Mundial de la Salud) señala que una de cada cuatro personas sufre un episodio de enfermedad mental a lo largo de su vida. Principalmente, ansiedad, estrés y depresión.
El fantasma de la locura sobrevuela nuestras cabezas en una sociedad atomizada, competitiva y ultra-individualista.
El padre de Lidia murió a los 80 años atropellado por un coche cuando por la noche cruzó la calle para tirar la basura. El coche se dio a la fuga. Lidia se encargó de gestionar el sepelio y los trámites post-mortem en un ejercicio admirable de entereza.
Han pasado dos años desde el accidente. Lidia trabaja de enfermera en un hospital. Está estresada por el trabajo. Las largas jornadas laborales, el ratio de pacientes a su cargo, los dobles turnos… Siempre caen varios a la semana.
Además de las notables carencias de la sanidad pública, de la que solo son conscientes, realmente, las personas que trabajan en ella, se le une que el ambiente de trabajo en el hospital se ha enrarecido. Han colocado una jefa de planta a dedo que no quiere que sus compañeros destaquen, no vaya a ser que salga alguno que le quite el puesto.
Las TCAE que han puesto a su cargo han salido un poco subiditas de humos. Van de que saben tanto como una enfermera, cuando no han estudiado más que un módulo sencillo de F.P. Dicen que no las agobien. Todo con tranquilidad. Pero en un hospital no hay nada tranquilo. Bueno, son cosas que pasan en todos los trabajos. Con un poco de cintura se pueden sobrellevar.
Un día subieron a la planta donde trabaja Lidia, un enfermo que tenía la misma edad que su padre y al que le había pasado lo mismo. Un coche le atropelló en plena calle. Como es normal, Lidia debía encargarse de su cuidado. Nada más verlo, nada más leer su historia, la cabeza de Lidia se aceleró a miles de revoluciones.
Al tercer día de estar el paciente en la planta, antes de entrar en la habitación, Lidia se quedó petrificada. No se podía mover. La jefa de planta, que por casualidad pasaba por allí, le dio una dura reprimenda.
Lidia golpeo la pared con tanta fuerza que se hizo sangre en los nudillos. Se desplomó en el suelo y se echo a llorar. Aquella respuesta no era normal en ella. Llevaba décadas trabajando en sanidad. Había visto de todo. Pero de unos días a esta parte, un aluvión de recuerdos, que creía superados, se agolparon en su cabeza.
La llevaron a la sala de personal para ver si se tranquilizaba. Le dieron de beber una tila. Lidia se calmó pasados unos minutos, lo suficiente como para continuar haciendo la ronda, pero su cabeza estaba en otra parte. Era un autómata. Esperando a que terminara la jornada laboral para regresar a casa y meterse en la cama. No le apetecía otra cosa.
Al día siguiente fue a visitar a su médico de cabecera. Le contó lo sucedido. El médico le dijo que era posible que tuviera depresión, le recetó unos ansiolíticos y le concedió la baja. Pidieron cita para el psiquiatra, pero la cita del psiquiatra no era hasta dentro de tres meses.
Lidia pasó toda la semana encerrada en la habitación. Su pareja se topó, de repente, con que la mujer con la que compartía su vida no quería salir de la cama, no quería comer, no quería hacer nada. Él se sentía impotente. Su compañera podría hacer una locura en el momento menos pensado. Consiguió que le dejaran teletrabajar tres días a la semana. No quería despegarse de ella.
Una tarde, una conocida de la pareja, de esas que se las dan de amigas preocupadas, le llamó por teléfono. Él pensaba que iba a preguntarle por ella, pero la pregunta esperada fue inexistente. A los pocos segundos de conversación le soltó una serie de disparates encadenados uno detrás del otro:
- Creo que te lo tienes que mirar – le dijo – a ti no se te acercan más que las locas y las mujeres con problemas. No puedes ir por ahí de salvador. Déjala y que se encargue de ella su familia o que la internen, si tienen que hacerlo. Te lo digo por tu bien, porque sabes que te aprecio.
- Creo que tus palabras están fuera de lugar. – Le respondió la pareja de Lidia, intentando guardar la compostura.
La interlocutora pidió perdón con la boca pequeña y continúo haciendo preguntas de esas que hacen las viejas arpías de los pueblos, cotillas y maliciosas, que lo único que buscan es malmeter.
En todos sitios hay gente imbecil.








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